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Fin didáctico:
Se trata de un texto un poco exigente sin embargo muy útil en cuanto se refiere al aprendizaje del italiano. A lo mejor hay que leerlo antes sin audio, lentamente, y después oírlo. Todos los ficheros audio se puede bajar (formato mp3 en zip / rar ) para oírlos con cualquier aparato capaz de pasar mp3.

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UNA BURLA RIUSCITA
Italo Svevo (1926)

Mario Samigli era un letterato quasi sessantenne. Un romanzo ch’egli aveva pubblicato
quarant’anni prima, si sarebbe potuto considerare morto se a questo mondo sapessero morire anche
le cose che non furono mai vive. Scolorito e un po’ indebolito, Mario, invece, continuò a vivere per
tanti anni di certa vita lemme lemme com’era consentita da un impieguccio che gli dava non molti fastidi e un piccolissimo reddito. Una tale vita è igienica e si fa ancora più sana se, come avveniva
da Mario, è condita da qualche bel sogno. Alla sua età egli continuava a considerarsi destinato alla
gloria, non per quello che aveva fatto nè per quello che sperava di poter fare, ma così, perchè
un’inerzia grande, quella stessa che gl’impediva ogni ribellione alla sua sorte, lo tratteneva dal
faticoso lavoro di distruggere la convinzione che s’era formata nell’animo suo tanti anni prima. Ma
così finiva coll’essere dimostrato che anche la potenza del destino ha un limite. La vita aveva rotto a Mario qualche osso, ma gli aveva lasciati intatti gli organi più importanti, la stima di se stesso, e anche un po’ quella degli altri, dai quali certo la gloria dipende. Egli attraversava la sua triste vita
accompagnato sempre da un sentimento di soddisfazione. Pochi potevano sospettare in lui tanta presunzione, perchè Mario la celava con quell’astuzia, quasi inconscia nel sognatore, che gli permette di proteggere il sogno dal cozzo con le cose più dure di questo mondo. Tuttavia il suo sogno talvolta trapelava, e allora chi gli voleva bene tutelava quella innocua presunzione, mentre gli altri, quando sentivano Mario giudicare autori vivi e morti con parola decisa, e magari citare se stesso quale un precursore, ridevano, ma mitemente, vedendolo arrossire come anche un sessantenne sa, quand’è un letterato e in quelle condizioni. E il riso anch’esso è una cosa sana e non cattiva. Così stavano tutti benissimo: Mario, i suoi amici ed anche i suoi nemici. Mario scriveva pochissimo ed anzi, per lungo tempo, dello scrittore non ebbe che la penna e la carta sempre bianca, pronte sul tavolo di lavoro. E furon quelli gli anni suoi più felici, così pieni di sogni e privi di qualsiasi faticosa esperienza, una seconda accesa infanzia preferibile persino alla maturità dello scrittore più fortunato che sa vuotarsi sulla carta, più aiutato che impedito dalla parola, e resta poi come una buccia vuota che si crede tuttavia frutto saporito. Poteva restare felice quell'epoca solo finchè durava lo sforzo per uscirne. E da parte di Mario questo sforzo, non troppo violento, ci fu sempre. Per fortuna egli non trovava l'uscio per cui
potesse allontanarsi da tanta felicità. Fare un altro romanzo come il suo antico, che era nato
dall'ammirazione di persone superiori per censo e per rango, conosciuta da lui con l'ausilio del
telescopio, era un'impresa impossibile. Egli continuava ad amare quel suo romanzo perchè poteva amarlo senza grande fatica, e gli appariva vitale come tutte le cose che simulano d'avere un capo e una coda. Ma quando voleva accingersi a lavorare di nuovo su quelle ombre di uomini, per
proiettarle a forza di parole sulla carta, provava un salutare ribrezzo. La completa, benchè
inconsapevole maturità dei sessant'anni gl'impediva un'opera simile. E non ci pensò a descrivere la
vita più umile, la propria p. es., esemplare per virtù, e tanto forte per quella rassegnazione che la
reggeva, non vantata e neppure detta, tanto ormai aveva improntato il suo io. Per poter fare ciò gli mancava lo strumento e anche l'affetto, ciò ch'era una vera inferiorità, ma frequente da coloro cui fu conteso di conoscere la vita più alta. E finì ch'egli abbandonò l'uomo e la sua vita, l'alta e la bassa o almeno credette di abbandonarla, e si dedicò, o credette di farlo, agli animali, scrivendo delle favole. Così, brevi, brevi, rigide, delle mummiette e non dei cadaveri perchè neppure putivano, gli venivano fatte nei ritagli di tempo. Infantile com'era (non per vecchiaia, perchè lo era stato sempre) le giudicò un esordio, un buon esercizio, un perfezionamento, e si sentì giovine e più felice che mai.

 



Una burla lograda
Italo Svevo (1926)

Mario Samigli era un literato de casi cincuenta años. Una novela que había publicado hace 40 años se habría podido declarado muerto, si fuese posible en este mundo que las cosas, que nunca habían vivido, pudiesen morir. Mario sin embargo, descolorido y un poco débil, continuó a vivir durante años una vida pacible, que le fue consentido por un trabajillo que le daba mucho fastidio y muy poco sueldo. Una vida así es muy higiénica y más sana todavía, como ocurrió en el caso de Mario, si está inspirado de sueño hermoso. A pesar de sus años siguió considerandose destinado a la gloria. No por lo que había logrado ni tampoco por lo que esperaba poder hacer, sino así no más, porque una gran flojera, la misma que le impedió cualquier rebelión contra su destino, le impedió que se sometiera al trabajo costoso de destruír la convicción que se había formado en su ánimo tantos años antes. De esta manera se ha podido comprobar, que incluso el poder del destino tiene sus límites. La vida había quebrado a Mario un par de huesos, pero le había dejado intactos los órganos más importantes, la estimación de si mismo y también un poco la de los otros, de los cuales obviamente depende la estimación de si mismo. Así atraversaba la vida acompañado de un sentimiento de satisfacción. Pocos podían sospechar tanta vanidad, porque Mario la escondía con la astucia casi inconsciente del soñador, que le permite de proteger el sueño contra los golpes más duros de este mundo. Sin embargo su sueño de vez en cuando se transparentó y entonces los que le querían protegían esta inocente vanidad, mientras los otros, cuando oían como Marío juzgaba autores vivos y muertos con palabras decisivas, citandose incluso a si mismo como precursor, reían, aunque de manera disimulada al ver como se ponía rojo como incluso un señor de sesenta años puede enrojecer si es un literato y vive en circunstancias similares. Y la risa también es algo sano y no malicioso. De esta manera todos estaban muy a gusto. Mario, sus amigos y también sus enemigos. Mario escribía poco así que por mucho tiempo lo único que tenía de escritor era la pluma y el papél siempre blanco sobre el escritorio de trabajo. Y estos eran sus años más felices, tan lleños de sueños y exemptos de cualquier experiencia costosa, un segundo entusiamo infantil, preferible incluso a la madurez del escritor más afortunado, que sabe vaciarse sobre el papel, sostenido más por la palabra que impedido de ella y que queda después como una cáscara vacía creyendose todavía frutto sabroso. Este estado feliz podía durar hasta que hiciera un esfuerzo para salir de él y en cuanto a Mario se refiere, este esfuerzo, aunque no muy fuerte, siempre era presente. Afortunadamente no encontró la salida que hubiese podido alejarle de tanta felicidad. Escribir otra novela como aquella vieja, que nació de la admiración por personas superiores en capacidad y rango, que había conocido con la ayuda de un telescopio, era una empresa imposible. El continuó a amar su novela, porque podía amarla sin cansancio y le apareció viva como todos la cosas que simulan de tener una cabeza y una cola. Pero cuando quería esforzarse a trabajar nuevamente bajo la sombra de estos hombres, para fijarles con la fuerza de las palabras sobre la hoja, expirementaba un asco saludable. La madurez completa, aunque inconsciente, de los sesenta años le impedió una labor de este tipo. Y no pensaba nisiquiera describir la vida humilde, como por ejemplo la de él, ejemplar por la virtud y tan fuerte por la resignación, de la cual no presumía ni hablaba, porque había completamente impregnado su vida. Para hacerlo, le faltaba el instrumento y también la inclinación, lo que era una deficiencia de verdad, pero muy frequente en aquellos que fueron impededios de conocer la vida más elevada. Finalmente abandonó el hombre y su vida, la elevada y la baja o por lo menos creía abandonarla y se dedicó, o creía que se dedicaba, a los animales, escribiendo fábulas. Los escribió de rato en rato, así, muy, muy breves, pequeñas mumias y no cadáveres, porque nisiquiera hedían. Inocente como era (no por la edad, porque lo había sido siempre) los declaró un comienzo, un perfeccionamiento y se sentía jovén y más feliz que nunca.



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